La presente nota no es más que una recopilación de una simple historia
de vida con muchas sencillas ventajas en varios contextos para un hombre que
fue criado en un hogar con equidad de género; experiencias sencillas de un
hombre de 29 años en un país que no siempre cría a su sociedad bajo esta
perspectiva. Esta recopilación sólo toca algunas de todas las ventajas que la
equidad de género trae a la sociedad, pero tal vez compartir ayude a muchos a
visualizar que el machismo nos perjudica mentalmente a hombres y mujeres por
igual.
Mi abuela paterna decía que los hombres no debíamos meternos en la
cocina, que no podemos ni sabemos cocinar, ese es trabajo de mujeres, lo mismo
aplicaba para oficios varios tales como lavar ropa, planchar, coser, barrer
etc. Además creía fervientemente que las mujeres debían atender a los hombres,
casi que por imposición divina (no sé
si como regalo o castigo de Dios); adicionalmente siempre pensó que de ser
posible, era mejor no realizar trabajos “hogareños” de ninguna índole, si eres
mujer un buen marido debe pagar por los servicios domésticos, si eres hombre
puedes pagar para que mantengan la casa y en últimas, tu mujer lo debe hacer.
Afortunadamente mi mamá siempre ha pensado diferente, y nunca le
preocupó que como hombre hiciera “tarea de mujeres”, ni que mi hermana
aprendiera “tareas de hombres”; en el fondo le preocupaba bastante que
cualquiera de los dos fuéramos inútiles dependientes en cualquier situación de
la vida diaria del hogar, ya lo repetía antes de enseñarnos a ambos cualquier
tarea doméstica: “Ustedes no se deben
varar por nada ni nadie, ni mucho menos depender de su mujer o de su marido
para cualquier cosa, además así tengan dinero para pagarle a alguien que les
haga las cosas ustedes deben saber cómo hacerlas para enseñarle a la persona
que les ayuda”. En resumidas cuentas nos enseñó que las mujeres y los
hombres podemos hacer lo mismo y que hacerlo no nos daba más o menos estatus
como hombres o mujeres, simplemente nos daba independencia.
Cuando tenía entre 12-16 años, era un adolescente que sabía realizar
actividades domésticas “femeninas” tales como barrer, trapear, lavar, colocar
botones de camisas, hacer dobladillos, planchar, pero sobre todo disfrutaba
mucho cocinar, lo disfrutaba tanto que tome mucho amor por la cocina y los
libros de cocina que tenía la biblioteca familiar, volviéndome un autodidacta
cocinando platos diferentes (Modestia aparte siempre he cocinado mejor que mi
hermana y que muchas otras mujeres). Sin embargo también en esa edad aprendí de
mi MADRE las primeras lecciones de conducción de carro y labores “masculinas”
tales como ir al mecánico y verificar que el mecánico no nos “tumbara”, manejar
taladro y colocar tornillos en la pared, cambiar tubos y/o bombillos, cosas
básicas de plomería etc. Lastimosamente mi mamá fue criada en un hogar
“tradicional” y no sabía hacer muchas de estas cosas, pero siempre ella y yo aprendíamos
de los plomeros, electricistas, mecánicos etc. que ella contrataba y pagaba
extra por hacer los arreglos y enseñarnos.
Mi padre sin saberlo tenía mucho de aquel inútil dependiente criado por
un mujer machista, por lo tanto no podía aportar mucho a las labores domésticas
(ni masculinas, ni femeninas), su aporte era más económico; se le abona su
contribución pues era lo único que podía dar. Sin embargo debido a que yo era
un adolescente tímido, del grupo de “nerds” de la clase, con tendencia a la
obesidad al cual nunca le atraían las aglomeraciones, ni eventos o
actividades deportivas donde alguien irrumpiera mi proxemia, con mi padre nunca
compartí el espacio que a él más le gusta y que inútilmente siempre quiso que compartiéramos:
El Fútbol.
Aunque mi hermana no jugó fútbol, con ella tuvo su mejor hija y amiga
para ir a los partidos cada domingo a apoyar a su equipo del alma. Mi pobre
hermana siempre recibió las críticas de mi abuela por visitar espacios donde
iban los hombres y según ella, no debían ir las mujeres “decentes”, pero mi papá la defendía porque decía que gritaba
más que mis primos y como él decía: “Un hincha es un hincha”. - ahora me
pregunto:¿Por qué nunca dijo? “UNA hincha es UNA hincha”-. Creo que tal vez la
participación de las mujeres en las barras bravas nos ayude con el problema
social de la violencia en los estadios, como ya se ha hecho en otros ámbitos
incluyendo la ciencia donde la diversidad de puntos de vista ayuda a resolver
problemas o ver las cosas con otra perspectiva. (http://www.seaaroundus.org/researcher/dpauly/PDF/1989/OtherItems/OnTheSexOfFishAndTheGenderOfScientists.pdf).
Además de ir a eventos deportivos con mi padre, en casa de la abuela mi
hermana, única nieta de la familia por mucho tiempo, siempre recibió duras críticas,
porque lo mejor que podía cocinar eran huevos cocidos, porque no le gustaba
coser, y lo peor era que ella nunca tomaba la iniciativa de atender a su papá,
tío, hermano, ni a mis tres primos (Nótese que no importaba atendiera mis
tías), pero como ella no estaba acostumbrada a esa “labor divina asignada” y sí a un ámbito de igualdad decía :
“Abuelita: yo no tengo por qué servirle
la comida a nadie, los hombres con los que vivimos son grandes, no son brutos,
ni cojos, ni mancos, mi papá y mi hermano lo hacen en la casa sin problema, mis
primos pueden aprender”, con el paso del tiempo a mis primos le tocó
resignarse y aprender que existen mujeres sin la “labor divina asignada” y más cerca de lo imaginado, pero
lastimosamente muchas de mis tías y mi abuela no aprendieron a quitarse de
encima la “labor divina” con sus esposos e hijos.
Las visitas a casa de la abuela para mí no fueron tan traumáticas,
siendo honesto al principio disfrutaba de los servicios de la “labor divina” durante
los primeros días, ya después me sabía a cacho tanto servilismo (me sentía un
tanto inútil) y decidía entrar a la cocina para ayudar de vez en cuando a mis
tías preparando la cena, muy a pesar de mi abuela que se resignaba solo porque
al público familiar le gustaba más lo que cocinaba yo que lo que cocinaban las
mujeres de la casa. Tuve mejor suerte que mi hermana pues nunca recibí tantas
críticas por mi comportamiento “anormal”, otra cosa que sí recuerdo era como
mis primos se referían de manera un tanto déspota de las niñas y las mujeres
con comentarios como “usted no es capaz
de hacer eso, usted es una nena” “Ese
carro maneja muy mal debe ser que lo conduce un vieja”, también recuerdo
como mi tío nos “corregía” los errores a mis primos y a mí, diciendo que NO
hiciéramos las cosas como una nenita, ni siquiera decía “hágalo como un varón”, lo importante era no hacerlo como una
nenita.
En otras palabras para parte de mi familia (y desafortunadamente de la
sociedad) no ser capaz de algo era sinónimo de recordar “las debilidades”
asociada al género femenino, y además no ser capaz de hacer algo acaba con la
masculinidad ipso facto. Afortunadamente para mí y gracias a la filosofía
“anormal” de mi mamá esos comentarios no me hicieron sentir mal y aun no
entiendo cómo es eso de hacer las cosas
como una nenita, si soy un hombre y eso no se cambia por hacer las cosas de
X o Y manera.
Sin embargo el machismo no solo se veía en el hogar de la abuela
paterna, en aquel colegio presbiteriano de un pueblo de tierra caliente un
tanto conservador y machista, hace algunos años, durante mi adolescencia, tuve
compañeros criados por abuelas y madres que no concordaban con la filosofía de
mi mamá y les extrañaba que me hubiesen enseñado dichas tareas de “mujercitas”, algunos de mis amigos y/o
profesores incluso me lo hacían saber en tono burlón. De todas maneras a mí no
me molestaba y eso no hizo que dejara de hacer las actividades “femeninas”, afortunadamente
mi madre ya me había preparado para esos prejuicios. A los 17 entré a la
Universidad y tuve que cambiarme de ciudad, viví en Bogotá con una de mis tías
paternas, por primera vez pude vivir de las ventajas de saber hacer muchas
actividades hogareñas ya que no dependía de nadie en mi día a día en el hogar,
inclusive mi tía agradecía que colaborará con las labores domésticas. Sin
embargo, muchos de mis amigos que se burlaban en el colegio les tocó tragarse
sus burlas y llamarme para que les enseñara algo de las labores “femeninas”,
especialmente de cocina básica, porque estaban cansados de pedir arroz chino a
domicilio o comer comida descongelada por microondas, también les expliqué cómo
usar la lavadora, como planchar etc. al final creo que lo habrían podido hacer
solos o siguiendo instrucciones, pero en el fondo necesitaban apoyo moral de
otro hombre para mostrar que hacer tareas “femeninas” no era perjudicial para
la salud como aquella filosofía que el pueblo mojigato - digo “conservador”-
nos había enseñado.
Cuando cumplí 25 por razones laborales volví a vivir en un pueblo
conservador y machista, allí tuve mi primera relación seria, y con mi novia
empezamos a compartir espacios y funciones. Ella venía de un hogar con una
tradición machista, aún recuerdo que creía que al vivir juntos, ella debía
hacer aquellas “tareas divinas” asignadas por naturaleza, como cocinar, lavar,
organizar, etc. Sin embargo a la primera semana comprendió que su destino, al
contrario de lo que pensaba, no era más hacer las “labores divinas” asignadas.
Se lo tomó tan en serio que una día se levantó diciendo “hoy quiero de almuerzo costillas de cerdo en salsa BBQ con frijoles,
arroz y ensalada” -pensé para mí: Como han cambiado los tiempos, mi abuela
se hubiera rasgado las vestiduras-. Y no es que ella no haga nada, de hecho los
dos nos colaboramos y nos dividimos las actividades, ella hace uno de los
oficios que más detesto lavar los platos y las ollas, yo sigo cocinando porque
según ella yo lo hago mejor :P.
Esa equidad ha sido un aprendizaje mutuo, ya que yo también he aprendido
a ser menos machista sin proponérmelo; como por ejemplo a dejar de pensar que
los hombres siempre debemos pagar y/o invitar a la mujer; aprendí a dejarme
invitar por mi novia o una mujer sin que mi masculinidad se vea afectada, a
pesar que la costumbre en muchas partes de mi país es que el hombre siempre es
el que paga la cuenta y el que decide a que restaurante se va, pero al final de
cuentas, las relaciones funcionan mejor cuando ninguna de las partes siente que
tiene más poder que la otra, en ningún sentido, ni en ningún espacio.
Concluyendo esta historia, creo que sería bueno recordarle a las mujeres
y a los hombres machistas de mi familia, al colegio conservador, al pueblo de
tierra caliente mojigato, y ojala a toda la sociedad Colombiana, que ningún
hombre o mujer en crecimiento debe sentir que “hacer las cosas y
actividades como nenita/macho” debe ser referente para educar a alguien,
y por supuesto ni siquiera pensar que eso te hace mejor o peor persona.
Ninguna mente debe asociar que algo es 100% masculino, ni 100% femenino,
y ninguna actividad, deporte, credo es peor/mejor o inapropiado para la
feminidad o masculinidad de ningún ser humano, Si mejoramos esto como personas
dejaremos atrás muchos prejuicios que hacen daño en mayor o menor escala.
Existen muchos ejemplos en nuestra sociedad, sin embargo cito uno donde se
lograron grandes cosas, donde 2 “nenitas” han sido las únicas medallas de oro
olímpicas para nuestro país en deportes muy “masculinos” Halterofilia y BMX;
Maria Isabel Urrutia y Mariana Pajon.
Pensando que nadie está por encima de nadie por ninguna condición y que
ni lo femenino tiene que ser más débil ni lo masculino tiene que ser más burdo,
tal vez nos ayude a construir una mejor sociedad y un país un poco más democrático.
Les dejo una nota de las desventajas de ser machistas en la sociedad
española.
Y un video de una de mis columnistas preferidas Florence Thomas,
El amigo de la científica.



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